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Lanamark
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Historias aburridas

01 sep 2015, 00:35

¿Alguna vez se os ha pasado por la cabeza realizar alguna acción absurda que posteriormente se os quedaba grande? Algo así como apuntarse al gimnasio, echarse novia, dejar de fumar, sacarse el carnet de conducir o escribir un libro.
En mi caso (sí sí, habéis acertado, tranquilos, actualmente no tengo novia), se me ha metido en la cabeza la idea de escribir una novela y me he encaprichado, tú.

Y nada, por X e Y, al final uno acaba poniéndose desafíos bastante diferentes, que con el tiempo seguro que se me pasa, me canso o vete a saber, pero el caso es que mientras esa magia dure, mientras la musa persista, ahí estaré yo con mi ilusión.

Os dejo aquí, teniendo más bien... poca idea de escribir, lo que llevo de mi historia, el prólogo.
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PRÓLOGO
Junto al desfiladero, un hombre contempla el valle de sus antepasados, el lugar que lo vio crecer durante las tórridas vacaciones de verano. Avanza entre la maleza a paso sosegado, pendiente de no trompicar con algún guijarro malintencionado. A diestro y siniestro observa los vestigios de una vieja vega, estropeada y ahora inerte, seca.
Junto al sendero, un hombre ataja por un antiguo campo de cebada. El dorado de las espigas se refleja en los ojos del caminante, pero  este prosigue con su marcha, aplastando parte del sembrado con sus desgastadas botas. El zozobrar de la cebada bajo sus pies es irritante y deja tras de sí un cantar ensordecedor. Algunas hojas le rozan considerablemente los brazos, el pecho y la cara. Una sensación muy bochornosa que le produce la imperiosa necesidad de hidratarse las zonas que han hecho contacto con la seca y áspera vegetación.
Tras salir del pasto de espigas, el viajero se agita sus ropas para librarse de los pequeños pinchos que acechan en sus prendas. Acto seguido, reprende su marcha y un olor familiar lo sorprende. Es un olor cálido, que empalaga. Un olor que da la bienvenida a todo aquel fatigado por el arduo trabajo del campo. Es el aroma del chocolate, la especialidad de Arqueros de la Hondonada. De nuevo en la estrechez del camino, empieza a divisarse el gran portón de madera, la entrada al corazón de la hondonada. Recorriendo trescientos metros, el cansado hombre se sitúa frente a la puerta. No aparenta demasiado mayor, pero la fatiga y el polvo consiguen hacer que su afilado rostro envejezca notoriamente. Junto a las almenaras, en lo alto de la pequeña fortificación, un arquero se abalanza verbalmente contra el caminante de caminos.
—¿Quién va por el paso del Valle? —gritó mientras tensaba su arco ligeramente.
—El mago. —susurró por encima de su sombrero. Y antes de que el centinela retomara su pregunta, el polvoriento viajero volvió a dirigirse a su interlocutor con un tono más vivaz. —El mago. —dijo mientras se metía la mano en el bolsillo.
De repente, el hombre que se había autoproclamado como mago, desenfundó en el aire una baraja de naipes que se carbonizó al instante, tal cual la sacaba de su bolsillo, dejando tras la palma de su mano, una diminuta estela de fuego y de cenizas que quedaron pululando en el aire. El guardia se agarró al pretil del muro para no tambalearse más de lo necesario.
—¡Josey, descerebrado! ¿En qué estabas pensando? Un día se me escapará la flecha y tendremos un disgusto. —proclamó el arquero mientras recuperaba el aliento.
Joseya todavía estaba sufriendo un fugaz ataque de risa cuando finalmente logró incorporarse a escena.
—Perdone, perdone. Ha sido una pequeña broma. No pretendía asustarle. —afirmó mientras todavía se le escapaba algún que otro eco de carcajada.
—¿Qué? ¿Entonces ya has llegao? ¿Para cuántos días vienes? —dijo el hombre quitándole importancia al espectáculo pirotécnico.
—Creo que me quedaré un ciclo entero o hasta puede que dos, depende.
—Tú y tus secretitos, ya estamos. Anda, tira, que estarás deseando llegar a casa y quitarte esas botas pestosas que me llevas. —añadió con un gesto de la mano que sugería movimiento.
Y cuando la enorme puerta de madera se hubo izado para Joseya, este retomó su marcha y siguió caminando ladera abajo, como si nada le importase, dejando tras de sí un arbusto de frutos rojos.
Junto al fresero, un hombre llega a casa, a su hogar, deseoso de reposar. Pero también tiene mucho de qué hablar y pocas ganas de callar. Un reencuentro con sus amigos se avecina y Joseya está que trina.
Como es natural, acepto todo tipo de críticas con tal de perfeccionar a lo que yo llamo ''mi técnica'' sin saber muy bien qué técnica estoy usando xD

PD: No sé cómo habrá quedado el justificado pegándolo a la web, pero espero que al menos sea tragable  :lol:
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Kitsune
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Re: Historias aburridas

02 sep 2015, 21:10

Hum... Curiosa historia, me intriga el comienzo y ver qué pasará; ¡te ha quedado bastante bien, Lana! No te desanimes y sigue con ella si tienes más o menos algo planeado, que si esta no es la que triunfa, ya vendrán otras musas, pero con lo que te gusta escribir no me extrañaría que de aquí a un tiempo te dediques a ello, aunque sea solo como pasatiempo. ;)

Y bueno, ya que estamos me tomo la libertad de marcarte un par de cosas. xD
- No aparenta SER demasiado mayor,[...] -> Te falta el verbo.
- [...]tal cual la sacaba de su bolsillo, dejando tras la palma de su mano(,) una diminuta estela de fuego y de cenizas que quedaron pululando en el aire. -> Yo quitaría esa coma que te he marcado.
- —¡Josey, descerebrado! -> Entiendo que es una errata, puesto que luego lo llamas Joseya.
- —¿Qué? ¿Entonces ya has llegao? -> No sé si el "llega'o" está así a posta o si es errata, pero en el caso primero, se recomienda ponerlo en cursiva.

Otra cosa que se me hace rara es el desparpajo que usa el arquero contra la suma educación con la que se dirige a él el mago, no sé, no me termina de cuadrar, pero claro, tú sabrás también qué tipo de relación y confianza tienen. ^^'

El resto está todo muy bien escrito, aunque me has hecho tener que buscar un par de palabras, más que nada para que no te cueles tampoco, que te gusta mucho el uso de palabros rimbombantes. :P
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Lanamark
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Re: Historias aburridas

08 sep 2015, 01:46

Me has pillado totalmente desprevenido con rimbombante y he tenido que mirar el diccionario xD Muchas gracias por tus palabras y por corregir las mías ^^ Solo por aclarar, tus dos últimas observaciones de faltas están echas adrede, aunque sí que es cierto que la cursiva se me había pasado por alta ya que no me sé todas las reglas o costumbres de ''acentuación'' en libros.

Dejo por aquí, para quien se anime a leer, el primer capítulo de la historia, aunque todavía no tengo título para ella  :lol:
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Capítulo 1: Cartas.
El camino adoquinado de las calles de Arqueros se me presentaba seguro. Muy seguro en comparación a los empinados acantilados que había tenido que bordear los últimos días con tal de regatear un par de kilómetros y llegar antes a mí segundo hogar. Las casas de la ciudad estaban tal como las recordaba, pintadas de blanco en su inmensa totalidad. Solo se distinguían las unas de las otras por minuciosos detalles que delimitaban los límites entre viviendas colindantes. El sol se reflejaba en las paredes y obligaba a tornar la vista hacia el suelo o al cielo con tal de no ser deslumbrado. Era una sensación que conocía y aquel cielo arropado únicamente por los rayos del sol, denotaba un calor agradable pero también pegajoso. No era un calor de playa ni un calor de campo, ni siquiera un calor bajo la sombra de un ciprés. Era el calor típico de una siesta, el que te baña el rostro sin llegar a escocer, el que te ofrece la cabezada más reconfortante de todas. Y ahí estaba yo, deseando el más reparador de los sueños.
Doblé la primera esquina de la calle principal y enseguida me situé frente al número siete de Rubíes. Empecé a remover el contenido de mi bolsa en busca de la llave de la puerta falsa, una gran plancha de bronce de unos cuatro metros de ancho y seis de alto, aunque la puerta por la que iba a pasar yo,  era más pequeña y estaba adherida a la mayor como una nariz lo está a una cara, por lo que en realidad, iba a mover muchos menos kilogramos de cobre. Justo cuando estaba a punto de introducir la llave en el ojo de la cerradura, unos chiquillos me sorprendieron.
—Josella, Josella, ¡has vuelto! —pronunciaron tres zagales con la energía propia de la chiquillada. —¡Haznos aquel truco, venga, venga!
—Jojo, vale, venga, pero solo uno. Este truco requiere de mucho maná y es difícil repetirlo. Además, estoy agotado y quiero descansar del viaje.
Los dos chicos y la chica se colocaron formando un semicírculo alrededor de mí. Contemplaban con sus saltones ojillos cada uno de mis gestos, intentando adivinar el truco que se escondía tras mi interpretación.
—Muy bien, ahora, os enseñaré varias cartas sin que yo las vea. Cuando digáis ya, pararé de mostrar cartas y tendréis que memorizar esa carta. ¿Entendido? —pregunté arqueando una ceja.
—¡Sí, venga!
Empecé a mostrar cartas sujetando la baraja en posición vertical, y las dejé caer lentamente, en pequeños montones de dos, tres y cuatro cartas.
—¡Ya! —gritaron al unísono.
—¡Ay! —grazné mientras fingía que me dolían los oídos.
Los niños empezaron a reír sin perder de vista su carta. Rápidamente la recoloqué en la baraja y empecé a mezclar los naipes.
—Pues espero que os acordéis de la carta, porque es la última vez que la veis.
Dicho esto, una gran combustión surgió de mis manos y calcinó la baraja entera de cartas del mismo modo que lo había hecho minutos atrás en la puerta del Valle. Los chicos se quedaron alucinados, con la boca abierta.
—Pero tranquilos, si juntamos todas las cenizas, podremos reconstruir vuestra carta. ¿Lo intentamos? –dije con mi voz más amable.
Los chicos asintieron con la cabeza y yo procedí a amontonar todas las cenizas que pude.
—Pues ya está, con esto bastará para reconstruir vuestra carta. –hice una pausa dramática. -Pero no la materializaré aquí, la reconstruiré bajo mi sombrero- dije mientras intentaba poner una cara divertida.
Esperé a la reacción de los niños y en cuanto todos clavaron sus miradas sobre mi sombrero de paja, me lo quité y allí estaba su naipe.
—Vaya, el Príncipe de Gotas, normal que no se haya quemado, ¡si es de agua!
Los chicos empezaron a gritar, reír, alborotar y a lanzar un sinfín de preguntas al aire.
—Adivinanza, piromancia, alquimia y teletransporte. Cuatro trucos en uno, estaréis contentos.
—Dínoslo, dínoslo, ¡dinos el truco!. —me cortó uno de los chicos.
—Jamás pensé que esta frase iba a dar tanto de sí, pero un mago nunca rebela sus secretos. Si cobrara una princesa de cobre por cada vez que escucho esa muletilla… ahora mismo de seguro que nadie me estaría molestando mientras duermo la siesta. «Siesta, ¿de verdad? ¿una siesta? ¿Es todo lo que se te ha ocurrido con tanto dinero?»  —pensé para mis adentros decepcionado.
—Pero bueno, todo príncipe necesita una princesa a su lado, así que Bianca. —me encaré hacia la chica.
—Hoy es tu día de suerte, te lo puedes quedar. Sostuve el naipe entre los dedos índice y corazón durante dos instantes y Bianca lo cogió con duda.
—Ahora corre o esos dos te lo quitarán. —añadí guiñando un ojo. Y mientras la muchachada se alejaba corriendo entre carcajadas y riñas, yo me apresuré en entrar a casa. Bastó un simple giro de noventa grados para abrir la rojiza puerta  y allí me planté, frente al inmenso corral de la que otrora fue la casa de mis abuelos, lleno de hojas, excrementos de pájaros y tierra, mucha tierra. Suspiré.

Dejé mi maletín en lo alto de la cómoda de mi habitación, el sitio que me pareció menos sucio del lugar. Me hubiera gustado decir que todo había permanecido congelado en el tiempo, tal como recordaba, pero la realidad resultó ser bien distinta. Lo cierto es que cuanto más me adentraba en la casa, más telarañas y polvo salían a mi encuentro, por no mencionar las manchas de humedad y las grietas. Tenía sueño y estaba agotado, pero lo primero era lo primero. Dada mi poca tolerancia al polvo, me obligué a cambiar las sábanas, o eso hubiera hecho si hubiese tenido otras. En su lugar, saqué las sábanas al patio y las tendí en una improvisada cuerda que até a la rama de un olivo y al tronco de una parra. Golpeé aquellas finas telas con una vara de olivo y vi cómo el polvo se esparcía por el aire. «Menuda cascada de ácaros» —pensé. De regreso a mi alcoba, por el pasillo, me fijé en que todavía no había examinado el resto de la casa. No pretendía husmear en las habitaciones que no iba a usar, pero aquel pasillo conectaba directamente con el recibidor de la casa y algo de él me llamó la atención. Por supuesto, se trataba del vestíbulo de la vivienda, aquel por el que yo no había accedido a esta. De otra forma, sí me hubiera percatado del montón de cartas que engalanaban las baldosas. Recogí el montón de sobres con delicadeza y me dispuse a entrar nuevamente en mi habitación. Una vez mis aireadas sábanas estuvieron listas, me recosté sobre el enfundado colchón. Me quité las botas y me sentí mucho más liviano, como si me hubiera deshecho de una pesa de cinco kilos en cada pie. Acomodado en mi nueva posición, me entró curiosidad por las cartas y fisgoneé los remites. La gran mayoría de ellas eran propaganda, propaganda que arrojé junto al umbral de la puerta, a unos cuatro metros de mi cama. Algún panfleto incluso se coló por debajo de esta. También recibí cartas del Ayuntamiento y de la Iglesia, pero a esas les presté la misma atención que a la propaganda, aunque por lo menos no las arrugué al tuntún. Al final me quedé con dos postales en la mano y una carta, cada una de ellas llamativa a su manera. Una de las postales resultó ser el programa de la Hebdómada del Saber, una fiesta que se celebraba en el Valle a lo largo de una semana y en la que acontecían actividades para todos los colores y edades. Según el folleto, ya me había perdido la caldereta popular. «Mejor para mí» —pensé. Pues detestaba la carne de cordero y su maldita grasa, pero todavía odiaba más el tener que mancharme los dedos y ponerlo todo perdido de churretes. Claro, que yo era muy especial para comer, todo sea dicho. Seguí mirando los horarios y me alegré al ver que este año también habría duelos con espada, ¡y magia! Pese a que yo era un buen ilusionista, nunca estaba de más observar a otros compañeros de oficio y averiguar más técnicas. Me gustaba la magia, sí, pero una cosa era actuar para un grupito de personas reducido, y otra muy distinta, era exhibirse ante un público imparable. Si alguna vez habéis subido a un escenario, sabréis por qué les tengo tanto respeto a los actores y a los músicos, pues los hay que tener bien puestos para que no te intimiden un centenar de miradas que aguardando a cualquier error, aprovecharán para nutrirse de tu sufrimiento. Finalmente dejé de lado el programa de la hebdómada y comencé a ojear la carta que me quedaba por abrir. Al visualizar el morado del lacre con aquel característico emblema, me di por aludido. Era el sello de la Real Academia, el lugar donde estudiaba, y en el que me había estado formando casi cuatro años. Aparté la hoja de papel con cuidado y la deposité sobre la mesita de noche nada más ver la extensión del cuerpo. No estaba para leer formalismos en letra pequeña y mucho menos para pronunciar palabras sobresdrújulas mentalmente. Así que cogí la última postal y me dispuse a leer. Esta mostraba una gran presentación y estaba muy cuidada. Tenía cosidos varios trocitos de tela blanco bordados  a punto de cruz que le daba a  la postal un aspecto mucho más refinado. Un lazo con forma de rosa blanca salvaguardaba el contenido del mensaje. Lo retiré de la forma menos torpe que pude y empecé a leer:

Querido Roland. Al final Giorgio lo ha hecho. ¡Lo ha hecho! ¡Se me ha declarado! Estoy tan emocionada… es como si flotara sobre una nube. Creo que esta no es la forma tradicional de escribir una invitación nupcial, pero *garabatos ilegibles»  ¿te he dicho ya lo contenta que estoy? En fin, que me haría mucha ilusión que asistieras a la boda. Sé que ahora mismo estás muy liado con todo ese asunto de la Torre y tal, pero como tampoco sé a dónde enviarte la invitación, confío que para la Hebdómada del Saber ya estés de vuelta. Me caso dos días después del Baile del Saber. ¡Cómo no vengas te mato!

Un tierno abrazo, Aurora.

PD: Que te mato, ¡va en serio!’’


Tras leer la carta, algo en mí se removió. Por una parte estaba contento de que esos dos se casaran de una vez, pero por otra…  Resoplé inconscientemente y emití un gran BUFFFFF.
Aparté la invitación con cariño y la situé junto al resto de cartas sobre la mesita. Me quedé rumiando cosas, quizá algún evento del pasado y todo, para finalmente perder la batalla contra el sueño.
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